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Dos horas en el “jardín” de los libros

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Pasar dos horas en la Feria del Libro es para mí uno de los placeres rituales que tengo anotados en mi calendario. Combina dos actividades que me gustan: ir de compras y conseguir libros.
Así que dediqué dos horas del domingo a recorrer los -por suerte- abarrotados pasillos de la Feria, en la renovada Aduana. Como alguien mencionó, el lugar es el hogar natural de la Feria, y este año es un gusto visitar el Centro de Cultura y Tecnología Antigua Aduana (nombre oficial), y ver la renovación del sitio. Primer punto favorable.
Como es usual, también por suerte, hay una oferta bastante variada de expositores, entre las editoriales grandes y pequeñas, las librerías (grandes y pequeñas), los invitados de otros países y los escritores más o menos independientes. Cuarenta y cuatro en total, según el programa de mano de la entrada.
Mucha gente durante mi visita, y es bueno ir en esos momentos para probar la marcha de la organización, los blancos y negros del asunto.
No voy a dedicarme de momento a los stands al inicio de los pasillos centrales, donde están ubicadas las grandes editoriales/librerías, y que aunque concentran el grueso de los compradores, se por experiencia que ofrecen aproximadamente lo mismo que venden normalmente, aunque con precios mejorados.
Yo soy, en materia de Feria, un buscador de pasillos laterales y de fondo. Se que allí está la novedad (para un lector adicto como yo), los invitados extranjeros, y donde puedo encontrar sorpresas. Así fue esta vez.
Los puntos altos: en materia de precio versus calidad, la Librería de la UCR me ganó. “Combos” de obras nacionales e internacionales a muy buen precio, y nuevamente los libros del Convenio ALLCA XX: obras de autores que usualmente no vemos en estantes, en impresiones de pasta dura y de lujo, ediciones críticas y a un precio prácticamente regalado.
El stand de Uruk Editores, muy bueno. Gran cantidad de obras de autores nacionales, mucha literatura nueva, ediciones cuidadas y de buen formato, a precio accesible. Especialmente en términos de conocer lo nuevo que hay en la literatura nacional, ellos fueron mi selección.
En el área de la oferta “gourmet”, más especializada, merece mención especial el trabajo de la nueva editorial La Jirafa y yo. Obra orientada al rescate de las tradiciones nacionales y al aprendizaje (su lema es “Libros para aprender“) en ediciones muy cuidadosas, bellamente ilustradas. La Jirafa y yo está desarrollando por ahora una colección de textos para la escuela primaria que cubra las necesidades específicas de cada nivel, que combina con libros que rescatan tradiciones nacionales.
De los invitados extranjeros, los cubanos -país invitado de honor en esta edición- y los venezolanos cuentan con una fuerte oferta, bastante política como es esperable, aunque este año me pareció interesante el material de los vecinos centroamericanos (Guatemala, sobre todo, pero también Honduras, El Salvador y Nicaragua).
El espacio para México era muy chico para su gran cantidad de oferta: estanterías demasiado próximas hacían prácticamente imposible caminar dentro, mucho menos estacionarse a degustar los libros como me pareció necesario.
En el lado que debería mejorarse, encontré el acceso algo atropellado, diletante para tanto tiempo que tiene la Feria de desarrollarse: ya deberían saber que en horas pico hay que meter más gente para controlar el acceso de los visitantes, y capacitar mejor a los encargados de boletería para que el tráfico de personas no se convierta en colas.
Otro punto a mejorar, sobre todo ahora que tienen infraestructura para ello: los espacios para charlas y conversatorios. La acústica de la Aduana es complicada por el tamaño del sitio, y la gran cantidad de gente y stands dentro, por lo que pretender dar una exposición o charla entendible en esas condiciones es casi suicida.
Aprovechando el renovado espacio, ¿por qué no destinar un recinto aparte, más aislado, para que los expositores puedan conversar con los asistentes de una manera más controlada y entendible, para los últimos? Quedará para la próxima.
Otra cosa que convendría mejorar son los sitios destinados a comida. Hay que tenerlos, pero no deberían estar dentro del espacio ferial.
La Feria estará abierta al público del 28 de agosto al 5 de setiembre, en horario de 9 am a 9 pm. De no faltar.

El regreso del vestidito negro

¿Quién dijo que la ópera no es divertida? Que lo diga Deborah Voigt

Malificaciones

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Si quiere darle otro nombre a esto, llamémoslo “cómo se come el mal”. Llega nuevamente la hora de actualizar mi lista de los malos más malos del cine. Los malos, como todos, cambian, se actualizan.
La lista fue inicialmente larga, casi inagotable. Tantos malos hay. Así que hubo que pasarlos por un filtro, para separar el grano de la paja.
Para escoger a los malos es inevitable comenzar con definiciones. Tratar de definir al mal, para saber cuáles son realmente malos. Porque hay malos que no son tan malos, que parecen malos, que son circunstancialmente malos, o -existe- son justificablemente malos.
Sí. Hay un mal justificable. No tolerable, pero entendible. Uno entiende las razones por las que existe, y hasta cierto punto puede justificarlo. Por eso no figuran dos en esta lista que siempre figuran en casi todas las otras.
El primero es Darth Vader. No lo he visto nunca como malo. Es una víctima. De Qui-Gon Jinn primero, que obsesionado como está con el Bien y el Mal, manipula al pobre niño Anakin hasta desarraigarlo de todo, labor que le hereda a Obi Wan, que llevará la tarea al punto de destruirlo físicamente. Víctima de la amadora de niños esa de Padme, que ignora la diferencia de edades para seducirlo. Víctima del verdadero malo de la cinta, Palpatine. Víctima de sí mismo. Por eso no está en la lista: es víctima.
Igual que Norman Bates. Monstruo, sicópata, enfermo. Involuntariamente malo, malísimo, pero sin control ni conciencia del mal. Tampoco está.
Pero hay otros, y esos son los que busco, que son injustificablemente malos. Son los malos integrales.
El mal verdadero, esencial, tiene dos características de arranque: es voluntario, se ejerce porque se quiere ejercer, con los ojos abiertos. Y excluye el arrepentimiento (que es redención).
Así las cosas, se me ocurre que el mal integral es aquel que se ejerce por cuatro razones poderosas.
En primer lugar, el mal que se hace por el puro placer de hacerlo, sin otra causa.
Segundo, el mal que se hace por ambición. Ambición de riqueza, de poder. Es acumulativo, porque entre más se obtiene más se ejerce.
Tercero, el mal que se hace por odio. Es destrucción por pura destrucción.
Y finalmente, el peor de todos, el más rotundo: el mal amoral. Un mal que no tiene olor, color, sabor. Es puro y simple mal, y quien lo ejerce no cambia y está más allá -como decía Nietzsche- del Bien y del Mal. Es patrimonio exclusivo de uno solo, como veremos.
Así las cosas, pasé por la lista a cuanto malo vi en el horizonte, y me quedaron éstos.

1. El Demonio, El Exorcista. El malo en su estado más puro y pavoroso; es “El Malo”, con mayúscula, pero a la vez es ese mal amoral, libre de toda motivación humana, mal perfecto. En una breve visión de su imagen como deidad babilónica o, el resto de la cinta, encarnado en el cuerpo de una niña (tremenda contradicción: la maldad ensartada en la pureza), este personaje ausente sigue siendo la forma más esencial del mal.
2. Damien Thorn, The Omen. Nuevamente, la maldad ensartada en la pureza infantil. El Anticristo, derivado carnal del Demonio (es decir, del anterior). Enfatiza aún más en ese mal amoral, al disfrazarse de inocencia.
3. El conde Orlok, Nosferatu. La primera y, a mi juicio, mejor interpretación del vampiro (que es, a su vez, uno de los grandes íconos de la maldad), está también dentro de la nota del mal amoral, un mal privado de motivaciones humanas. Aparte, su director Murnau y su intérprete, Max Schreck, lograron una visión escalofriante que sobrevive todavía 88 años después.
4. El Guasón, The Dark Knight. Heath Ledger elevó el personaje una vez con visos cómicos (en la televisión) hasta recrear la imagen perfecta de un sicópata que desprecia en su totalidad los bordes de la civilización. Otro malo amoral, destructivo, que se califica a sí mismo “agente del caos”. Nihilista perfecto, su motivación no es otra que la de aniquilar. Lo que sea.
5. Hannibal Lecter, El silencio de los inocentes. Es la esencia perfecta del malo por placer, de aquel que destruye selectivamente por el puro goce de destruir, haciendo patente aquella idea de que el asesinato puede ser considerado una de las bellas artes. La actuación de Anthony Hopkins superó, en su momento, todas las expectativas sobre la maldad.
6. La marquesa de Merteuil, Relaciones Peligrosas. Mala por placer social, Glenn Close le dio vida a un personaje maligno, en un marco de esplendor, en dupla con su amado y odiado Vizconde de Valmont. A diferencia de éste, sin embargo, el arrepentimiento está ausente en la Marquesa, lo que la pone en esta lista por derecho propio.
7. Freddy Krueger, Pesadilla en la Calle Elm. Iniciador de toda una generación de monstruos de pesadilla y asesinos sangrientos, el deformado fashionista Krueger (que no se separaba de su atuendo y sombrero) era un malo que destruía por placer y odio, doblemente terrible por vivir en un mundo inalcanzable de pesadilla.
8. Reinhard Heydrich, Conspirancy. El malo histórico del grupo, personaje real interpretado brillantemente para la televisión por Kenneth Brannagh; representante sublime de su grupo (los nazis, paradigma de maldad), es el malo burocrático que lleva la maldad al extremo de la perfección, puro método, frío, por odio (racial) y sin arrepentimiento.
9. La Reina Bruja, Blancanieves y los siete enanos. La mala por ambición, por odio, por envidia; en su poder y belleza, usa ambos para reinar sola y suprema, y lo ejerce contra la imagen absoluta de la inocencia. Muere sin arrepentimiento, en ejercicio de su maldad.
10. La enfermera Ratched, Atrapado sin salida. La tiránica y maligna enfermera que gobierna despótica un pabellón de enfermos mentales, es un ejemplo notable del mal en la vida cotidiana. Es la antítesis completa de la idea de Florence Nightingale, la enfermeda como bondad: ejerciendo su poder sobre individuos indefensos, Ratched entra en combate abierto cuando uno de ellos -no tan indefenso- cuestiona los límites de su poder. Tan impactados quedamos que Louise Fletcher, la actriz que le dio vida, se alzó fácil con un Oscar a punta de maldad.

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Adiós, Saramago

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Hay noticias que oscurecen hasta el más claro de los días. Esta es una de ellas.
El gran maestro portugués de la lengua, José Saramago, ha muerto a los 87 años, dejando a la literature -una vez más- huérfana.
José de Sousa Saramago nació en Portugal, el 16 de noviembre de 1922. Escritor, periodista y dramaturgo, recibió el Premio Nobel de Literatura en 1998, para el cual la Academia Sueca destacó su capacidad para «volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía».
Nacido en el caserío de Azinhaga (municipio de Golegã, en el distrito central del Ribatejo, Portugal), cerca del río Tajo, a 120 km al noreste de Lisboa). Sus padres fueron José de Sousa y Maria da Piedade, una pareja campesina sin tierras y de escasos recursos económicos. Este origen marcaría profundamente el carácter y la tendencia político-teórica del escritor.
El apodo de la familia paterna era Saramago (”Jaramago” en español, nombre de una planta herbácea silvestre de la familia de las crucíferas). El niño debería haberse llamado José Sousa, pero el funcionario del registro civil cometió un “lapsus calami” (error de pluma) y lo anotó como José «Saramago», aunque hay quienes dicen que fue una broma del funcionario, conocido de su padre.
En 1925, la familia de Saramago se mudó a Lisboa, donde su padre comenzó a trabajar de policía. Pocos meses después de la mudanza, falleció su hermano Francisco, dos años mayor. Saramago nunca perdió su relación con su aldea de nacimiento, donde fueron numerosas sus estancias.
En 1934, a la edad de 12 años entró en una escuela industrial. En aquellos años incluso los estudios técnicos contenían asignaturas humanísticas. En los libros de texto gratuitos de aquellos años Saramago se encontró con los clásicos. Incluso hoy en día puede recitar de memoria algunos de esos textos.
Aunque Saramago era buen alumno, no pudo finalizar sus estudios porque sus padres ya no pudieron pagarle la escuela, por lo que para mantener a su familia Saramago trabajó durante dos años en una herrería mecánica. Mientras tanto, sin guía alguna, se leyó toda la biblioteca pública de su barrio.
Pronto cambia de trabajo y comienza a trabajar de administrativo en la Seguridad Social. Tras casarse en 1944 con Ilda Reis, Saramago comienza a escribir la que acabará siendo su primera novela: Terra de pecado, que se publicó en 1947 pero no tuvo éxito. Ese año nació su primera hija, Violante. Saramago escribió una segunda novela, Claraboya, pero directamente nunca fue publicada. Por espacio de veinte años no se volvió a dedicar a la literatura. «Sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar».
Entra a trabajar en una compañía de seguros. Simultáneamente colabora como periodista en Diário de Notícias, un periódico de alcance nacional, pero por razones políticas pronto es expulsado. Luego, colaboró como crítico literario de la revista Seara Nova y fue comentarista cultural. Formó parte de la primera dirección de la Asociación Portuguesa de Escritores, y también desempeñó la subdirección del Diário de Notícias. Desde 1976 se dedica exclusivamente a su trabajo literario.
Sufrió censura y persecución durante los años de la dictadura de Salazar. Consigue trabajo en una editorial (donde trabaja durante doce años). En su tiempo libre traduce: Maupassant, Tolstoi, Baudelaire, Colette… En 1966 publicó Os poemas possíveis.
En 1969 se hizo miembro del Partido Comunista Portugués (cuando éste todavía era clandestino). Ese mismo año se divorcia de Ilda y abandona su trabajo en la editorial para dedicarse plenamente a vivir de la escritura, bien como articulista, bien como novelista. En 1970 publica Probabelmente alegría. Entre 1972 y 1973 fue redactor del “Diário de Lisboa”. En 1974 se sumó a la llamada “Revolución de los Claveles”, que llevó la democracia a Portugal. En 1975 publica O Ano de 1993.
Su primera gran novela fue Levantado do chão (1980), un retrato fresco y vívido de las condiciones de vida de los trabajadores de Lavre, en la provincia de Alentejo. Con este libro Saramago consigue encontrar su voz propia, ese estilo inconfundible, límpido y casi poético que lo distingue. En los siguientes años, Saramago publica casi sin descanso: Memorial do convento (1982), donde cuenta las más duras condiciones de vida del pueblo llano en el oscuro mundo medieval, en épocas de guerra, hambre y supersticiones.
Este libro fue adaptado como ópera por Azio Corghi, y estrenado en el Teatro de la Scala de Milán, con el título de Blimunda (el inolvidable personaje femenino de la novela). También Corghi adaptó su obra teatral In nómine Dei, que con el nombre de Divara fue estrenada en Munster. De Azio Corghi es también la música de la cantata La muerte de Lázaro, sobre textos de Memorial del convento, El Evangelio según Jesucristo e In nómine Dei. Fue interpretada por vez primera en la iglesia de San Marco, de Milán. En 1984 Saramago publica O ano da morte de Ricardo Reis y en 1986 A jangada de pedra (La balsa de piedra), donde cuenta qué sucedería si la península ibérica se desprendiera del continente europeo. Ese año (cuando tenía 63 años) conoce a su actual esposa, la periodista española Pilar del Río, nacida en Sevilla en 1950, quien finalmente se convierte en su traductora oficial en castellano.
La novela El Evangelio según Jesucristo (1991) lo catapulta a la fama a causa de una polémica sin precedentes en Portugal (que se considera una república laica), cuando el gobierno veta su presentación al Premio Literario Europeo de ese año, alegando que “ofende a los católicos”. Como acto de protesta, Saramago abandona Portugal y se instala en la isla de Lanzarote (Canarias). En 1995 publica una de sus novelas más conocidas, Ensayo sobre la ceguera que fue llevada al cine en el 2008 bajo la dirección de Fernando Meirelles. En 1997 publica su novela Todos los nombres, que gozó también de gran reconocimiento. En 1998 gana el premio Nobel de literatura, convirtiéndose en el primer escritor de lengua portuguesa en ganar este premio. Desde entonces comparte su residencia entre Lisboa y la isla canaria, participando en la vida social y cultural de ambos países cuyas estrechas relaciones justificó en una entrevista para proponer su idea utópica de creación de una Iberia unida. Ateo declarado, colabora ocasionalmente en prensa, aportando su punto de vista, siempre agudo y comprometido.
En definición suya, “Dios es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio”. Una de sus últimas obras es “Las intermitencias de la muerte”, cuenta de un país cuyo nombre no será mencionado y se produce algo nunca visto desde el principio del mundo: la muerte decide suspender su trabajo letal, la gente deja de morir. De ahí en adelante, se relataran situaciones inimaginables o no, ya que nadie muere pero siguen envejeciendo.
La fama internacional le vino a Saramago precisamente con esta novela escrita con una rara intensidad poética que había sabido asimilar todas las lecciones de la narrativa moderna. En una conferencia pronunciada por esos mismos años 80 solía recordar el consejo que él mismo solía dar a los lectores que decían no entender bien sus libros por las mezclas de voces y la ausencia de marcas convencionales en los diálogos: “Léalos en voz alta”.
Falleció en Lanzarote, España, este 18 de junio, de 2010.

De nuevo, 20

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Te encontré ayer por la calle, pero tenías 20 de nuevo.
Mirabas como lo hacías a los 20, y lo supe porque me miraste, y te reconocí a tus 20. Como antes.
Quise hablarte, pero no supe hacerlo.
No supe qué decirte. ¿Contarte mi sorpresa por encontrarte a los 20? ¿Te hablaría como cuando yo tenía 20 o se vería raro? ¿Sabrías de qué te estaba hablando? ¿Me reconocerías, a esta edad mía?
Te dejé pasar, entonces. Pasaste a mi lado y te seguí con la mirada. Reconocí otra vez cómo caminabas a los 20, y por qué me gustaba tanto.
Te dejé pasar y alejarte. Tal vez fue la sorpresa de verte otra vez cuando tenías 20.
Un viento helado sopló de repente, levantando aquel mar de hojas secas. De repente, en la esquina, te volviste y me sonreíste.
De repente, también tuve 20.

Madga, la de los ojos claros

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Los ojazos verdes de Magda Olivero miran con la intensidad propia de las grandes divas. Se prepara a cantar un aria de la complicada ópera Francesca da Rimini, de Zandonai. El piano da sus primeros acordes, y Magda se lanza al personaje. Intensa, con una voz quebrada pero segura de lo que hace.
Y tiene que estarlo. Estamos en 2010, y Magda cumple la histórica y casi “guinessiana” cifra de 100 años.
Nacida en Saluzzo, Italia, un 25 de marzo de 1910, la soprano Magda Olivero no solo está considerada como una de las más grandes cantantes de la ópera verista, sino que es un monumento viviente: posiblemente la cantante de ópera más longeva de la historia, la última de las sopranos del verismo, y como la han llamado “una cantante para tres generaciones”.
Sus primeros profesores encontraron su voz deficiente. No obstante, ella perseveró, continuando sus estudios con Luigi Gerussi.
Hizo su debut el año 1932 en la radio de Turín con el oratorio de Cattozzo I misterio dolorosi. Actuó de manera creciente hasta 1941, en que se casó y se retiró de los escenarios. Volvió diez años después, a petición de Francesco Cilea, que le pidió que cantara el papel protagonista de su ópera Adriana Lecouvreur, que se convirtió en uno de sus papeles determinantes.
Desde 1951 hasta su retirada definitiva, cantó en teatros de ópera de todas partes del mundo. En su regreso a los escenarios, su voz parecía más apasionada y expresiva, así como más potente que antes. Entre sus mejores papeles hace falta destacar las protagonistas de Adriana Lecouvreur, Iris, Fedora, La Bohème, La fanciulla del West, La Traviata, La Wally, Madama Butterfly, Manon Lescaut, Mefistofele y Turandot.
Cantó la Medea de Luigi Cherubini en Dallas en 1967.
En 1975, habiendo sido durante dos décadas estrella internacional y cuarenta dos años después de su debut en Turín, hizo su debut en el Metropolitan Opera House con una sensacional Tosca que fue coronada con una ovación de veinte minutos.
Sus últimas actuaciones tuvieron lugar en marzo de 1981 en la ópera La voz humana (La voix humaine) de Francis Poulenc (ópera con sólo un personaje). Olivero acabó su carrera a los 71 años, habiéndose extendido durante casi 50.
Continuó cantando localmente música religiosa y, también en la década de 1980, grabó algunas arias. Estas grabaciones muestran que, a pesar de que la voz ha envejecido, los recursos interpretativos y el aplomo técnico nunca la abandonaron. Afortunadamente, existen grabaciones suyas de óperas completas así como de árias y escenas.
La voz de Olivero es a la vez rica y bella, a pesar de que quizás es difícil de apreciarlo al principio. No siempre conseguía emitir sonidos convencionalmente bellos, pero siempre era expresiva. La expresividad fue siempre su punto fuerte. Su voz impresiona por su capacidad para capturar cada emoción con una intensidad particular. Olivero, quizás más que cualquier otra cantante, podía modular el tono de su voz según el significado del texto.
Como Maria Callas y Leyla Gencer, su capacidad de mezclar drama y música en un todo uniforme hicieron de ella una de las más grandes cantantes de todo los tiempos. Su estilo como actriz era igualmente intenso.
Hoy, Magda Olivero cumple 100 años. Vive, que es lo mejor que se puede decir de alguien que es, por si misma, parte de la historia musical.

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Olivero en Tosca, en sus años mozos.

En la otra esquina

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Cuando dejé la sala, con la garganta hecha un puño, lo supe. En la esquina opuesta de la rutilante Avatar no está necesariamente The Hurt Locker (a pesar de que parecen ser los contendores inevitables), sino un verdadero peso pesado: Precious.
Están en los rincones opuestos de la cinematografía actual.
Avatar es misticismo, fantasía, escape (pese a su discurso ecologista); Precious es naturalismo, realidad pura y completa.
En Avatar nadie es feo; reina allí la esbeltez, las figuras atléticas, los héroes y antihéroes perfectos, la hermosura visual. En Precious estamos cara a cara con lo que no nos gusta, con aquello a lo que le huimos (la gordura), a lo que le tememos (lo negro, la enfermedad, lo pobre), con lo que no se dice (la violación, el incesto, el odio).
Avatar nos habla de planetas lejanos, de mundos idílicos; Precious es el barrio que existe y en el que podemos caminar, barrio pobre, ghetto.
En Avatar reina la técnica, la máquina creadora de ilusiones, la novedad tecnológica, los actores recreados, inexistentes; Precious es actuación de la sólida, la que nos mueve el piso, con actores de carne y hueso y comprometidos en abofetearnos.
Avatar es la “superproducción”, esa que le encanta a Hollywood, llena de lentejuelas; Precious es cine independiente, de presupuesto bajo pero de logros altísimos.
Avatar es cine de escape, irreal, fábrica de sueños; Precious es retrato de una pesadilla, cine de reflexión, confrontador.
Por supuesto, Avatar es la idolización del éxito de taquilla; Precious es la sinceridad de una propuesta cuestionadora.
Pero el cine de Hollywood (ese que da los Oscares) es un mundo paralelo, un mundo bizarro en el que blanco es negro y arriba es abajo. Y en ese mundo bizarro que es la industria del cine -recalco, industria- lo raro no es la luna de los azules na’vi sino la barriada de la negritud en Harlem, en la que Preciosa tiene que soñar que es una estrella de cine para escaparse de la realidad que le muerde la vida.
Qué vida, ¿no?

Lo nuevo del Met: todo para arriba

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Siete nuevas producciones, dos premieres, el inicio de una nueva producción completa del Anillo de los Nibelungos, el debut de tres prominentes directores, el 40 aniversario del actual director titular y once transmisiones en vivo son parte de las novedades anunciadas por el Metropolitan Opera House para su temporada 2010-2011, sin que faltara la nota discordante: un aumento entre 6 y 11% en el costo de los boletos.
El anuncio, hecho esta semana, contiene un festín de buenas noticias para los aficionados a la ópera, divulgado por Peter Gleb, Gerente General del Met, y su director musical, James Levine, que el próximo año cumplirá cuatro décadas al frente de la prestigiosa institución teatral.
La temporada contará con las primeras dos entregas de la nueva producción metropolitana del Anillo de los Nibelungos (El Oro del Rin y La Valquiria), a cargo del director Robert Lepage, y nuevas producciones de tres clásicos de su repertorio con directores escénicos debutantes: Boris Godunov (Peter Stein), Don Carlo (Nicholas Hynter) y La Traviata (Willy Decker). Además, la esperada premiere de las óperas Nixon in China, de John Adams (a cargo de Peter Sellars), y Le Comte Ory, de Gioacchino Rossini (con Bartlett Sher), con Diana Damrau, Juan Diego Florez y Joyce DiDonato en los papeles principales.

Debuts y cantantes

La temporada también presentará Don Carlo, de Giuseppe Verdi, dirigida por Yannick Nézet-Séguin, con la participación de Roberto Alagna, Marina Poplavskaya, Simon Keenlyside y Ferruccio Furlanetto. Trasladada de la producción del Festival de Salzburgo 2005, La Traviata (en enero) será dirigida por Gianandrea Noseda con Poplavskaya en el rol titular, y Matthew Polenzani como Alfredo.
Notables debuts para la temporada: el afamado Simon Rattle dirigirá la orquesta para Pelléas et Mélisande, de Debussy, mientras William Christie se encargará de Cosi fan tutte (Mozart). Otros directores debutantes serán Roberto Rizzi Brignoli, Edward Gardner, Patrick Fournillier, Erik Nielsen y Paolo Arrivabeni.
Entre los cantantes, la soprano Renée Fleming cantará el papel estelar de Capriccio, de Richard Strauss), y Susan Graham hará pareja con Plácido Domingo en Iphigénie en Tauride, de Gluck. Natalie Dessay retomará el papel principal en Lucia di Lammermoor, de Donizetti, mientras que Elina Garanca volverá como Carmen (Bizet) y Anna Netrebko como Norina en Don Pasquale (Donizetti).
Karita Mattila y Dolora Zajick cantarán en Pique Dame (Chaikovksi), Angela Gheorghiu retomará Julieta en Romeo et Juliette (Gounod) y Marcelo Alvarez será el titular en Il trovatore, de Giuseppe Verdi). DiDonato cantará nuevamente en Ariadne auf Naxos (Strauss) y Giuseppe Filianotti y Olga Borodina lo harán en Les contes d`Hoffmann (Offenbach); Dimitri Hvorostovsky será el Dux en Simon Boccanegra, mientras sus compatriotas Sondra Radvanovsky y Violeta Urmana compartirá el titular de Tosca (Puccini).
Otra novedad es el revival de La Fanciulla del West, de Giacomo Puccini, a cargo de Deborah Voigt y Marcello Giordani, para celebrar el centenario del debut de la ópera en el teatro neoyorkino. Finalmente, Waltraud Meier y Matthias Goerne darán la nota contemporánea con Wozzeck, de Alban Berg.

Wagner ida y vuelta

En cuanto a la serie HD Live from the Met (que se transmite en Costa Rica en el Teatro Eugene O´Neill del Centro Cultural Costarricense Norteamericano), la nueva temporada incluye once funciones, a partir del 9 de octubre con la flamante versión de El Oro del Rin (Wagner), siguiendo con Boris Godunov (Mussorgsky) el 23 de octubre, Don Pasquale (Donizetti) el 13 de noviembre, Don Carlo (Verdi) el 11 de diciembre, La Fanciulla del West (Puccini) el 8 de enero de 2011, Iphigénie en Tauride (Gluck) el 26 de febrero, Lucia di Lammermoor (Donizetti) el 19 de marzo, Le Comte Ory (Rossini) el 9 de abril, Il trovatore (Verdi) el 30 de abril y Die Walküre (Wagner) el 14 de mayo.
La serie ha obtenido un resonante éxito mundial: recibido premios Emmy, se proyecta en 44 países, más de 1000 teatros, vendido 1,8 millones de boletos en la presente temporada, triplicando el número de asistentes regulares a una temporada en el teatro neoyorquino (800 mil espectadores).
La parte oscura: el Met anunció que “frente a las difíciles condiciones económicas” de estos tiempos y después de años de no incrementar precios, para la nueva temporada habrá un incremento promedio de 6% para los boletos de suscripción, y de 11% para los boletos comprados individualmente.

Agridulces Abrazos Rotos

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Blanca Portillo, Los Abrazos Rotos

Fui. Ilusionado, ferviente como siempre. Cuando salí, me embargó una desazón, un “algo me falta”. Me gustó (¿me gustó?) pero me dejó un sinsabor.
Si suena confuso es porque salí del cine confuso.
Se trata esta vez de Los Abrazos Rotos, la nueva y (publicitariamente) rutilante cinta del afamado Pedrito Almodóvar, que se estrenó el fin de semana.
No es una película, sino dos, hasta tres. Cine dentro del cine, dentro del cine. Estamos nosotros, los espectadores, viendo una película hecha por Almodóvar director de cine, que habla en flashbacks de la historia de un guionista otrora director de cine que escribe guiones y rueda una película. Y mientras la película sobre la película rueda, alguien dentro de ella rueda otra más, que documenta los entretelones de los doble-protagonistas. Se me vino a la memoria una especie de fotografía de tres planos que nos obliga a tratar de enfocar y descubrir lo que, borroso, está en el segundo y en el tercer plano.
Para rematar, la película que se filma dentro de la película es un “remake” o un “autoremake” nada menos que de Mujeres al borde de un ataque de nervios, con otros nombres, otras caras, algunos cambios, pero reconocible.
Es decir, Almodóvar filma a Almodóvar, y hasta contamos con un “cameo” de Rosy de Palma, protagonista de la primera Mujeres, asumiendo el papel de la esposa en la nueva Mujeres. Solo me faltó ver a Carmen Maura en una esquina cualquiera, haciendo un guiño vestida de monja.
Tal guisado -como el famoso gazpacho de Mujeres- se nos sirve frío: está la estética almodovarina, sus musas, sus toques de humor negro (más bien gris), pero algo falta. El “ánima” que vivía en aquel loco director manchego capaz de atrocidades parece haberse reducido, diluido, talvez (lo dicen otros) debido a la mezcla de sus fuertes colores en el barniz del Oscar, al que posiblemente una vez más vaya esta cinta, Pedrito y Penélope Cruz.
De allí me vino una idea de título alternativo para esto que escribo: De cómo el Oscar corroe hasta a los genios transgresores.
No puedo evitar hacer un paralelo con Woody Allen, no solo porque siempre ha habido un referente suyo en Almodóvar, sino porque la Vicky, Cristina, Barcelona de Allen me produjo el mismo sinsabor. El gustillo amargón de alguien que fue genial y ahora parece vivir de las rentas de su antigua genialidad.
Elaborada es la trama y aunque los diálogos están plagados de frases citables, la recitación de los actores suena a veces demasiado ensayada, como si la naturalidad del ácido almodovariano se hubiera, también, diluido.

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Penélope Cruz y Rubén Ochandiano

¿El reparto? Dispar. Si tengo que darle mis aplausos a alguien es a Blanca Portillo (Judit), que atraviesa la cinta poniendo sinceridad en su conflicto amatorio, de mujer y de madre; y curiosamente a tres papeles pequeños: la citada de Palma, en los zapatos de la esposa salida del sanatorio, Angela Molina como la madre de Lena, y sobre todo Carmen Machi (Chon), la “consejala antropófaga” de la secuencia final, auténtica y total chica almodóvar de las de antes.
El resto me queda debiendo, con una Penélope Cruz que no alcanza la intensidad de Volver, Tamar Novas (Diego) que no logra convencer como el hijo, Rubén Ochandiano como un muy estereotipado hijo gay despechado, y sobre todo Lluís Homar (Mateo/Harry), frío como palo.
Aparte, es larga y en algún momento uno añora que termine (mala cosa, si sucede como a la mitad), pero se queda a la espera de la genialidad de Pedrito.
Acá entre nosotros, la crítica internacional ha hablado de tedio, de excesiva longitud, de desilusión frente a la nueva creación almodovariana. He leído que en Estados Unidos la han elogiado, a pesar de que El País, de Madrid, dijera sobre la cinta que “los sentimientos pretenden estar en carne viva, pero es como si ves llover. Y lo que observas y lo que oyes te suena a satisfecho onanismo mental. Y no te crees nada, aunque el envoltorio del vacío intente ser solemne y de diseño.”
Por supuesto, el propio periódico madrileño parece dar la clave para el aparente éxito estadounidense, refiriéndose a Almodóvar: “su cine jamás ha conocido el fracaso comercial”, y como en EU esa es una virtud a nivel de santidad, pues nada: les gusta.
Me acuerdo de repente de una anécdota sobre la rivalidad de María Callas con Renata Tebaldi. Hablando de ambas, la primera había dicho que era como comparar champán con Coca Cola; y uno de sus biógrafos, comentando el éxito de Tebaldi en Estados Unidos, frente a Callas, dijo que se debía posiblemente a que allí prefieren Coca Cola.
Para mí, de Los Abrazos Rotos queda un sabor agridulce, el sabor del sí y del no. Como haber ido por champán y que me sirvieran Coca Cola.

Pedro, Pedrito, Almodovarito

pedrocollage

Para algunos, he sido matador, pero en mi vida he conocido también abrazos rotos.
Quise estar en la caída de Sodoma pero al final fue un sueño, o una estrella, por lo que me la paso siempre al borde de un ataque de nervios.
Le he hecho muchas veces homenaje al blancor, pero nunca he gritado “átame”… ni siquiera a los que me solicitaban “sea caritativo”. Conocí una vez a dos putas y fue una historia de amor que terminó en boda.
Cuando lo supe todo sobre mi madre pude hablar con ella. Allí aprendí que sexo va, sexo viene, y que es como una muerte en la carretera.
Se que, cuando se trata de volver, es mejor que nos valga la mala educación.
Kika me contó, arrullados por tacones lejanos, que es ley del deseo que la carne siempre sea trémula, y desde entonces es la flor de mi secreto.
En cuanto al cine, voy con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. Es mejor verlo entre tinieblas para que se vuelva laberinto de pasiones y al final, cuando no me gustan las palomitas, siempre grito “¿qué hecho yo para merecer esto?”
Y todo, por culpa de Pedro.
(A propósito del estreno en Costa Rica de Los Abrazos Rotos)