Agridulces Abrazos Rotos

Fui. Ilusionado, ferviente como siempre. Cuando salí, me embargó una desazón, un “algo me falta”. Me gustó (¿me gustó?) pero me dejó un sinsabor.
Si suena confuso es porque salí del cine confuso.
Se trata esta vez de Los Abrazos Rotos, la nueva y (publicitariamente) rutilante cinta del afamado Pedrito Almodóvar, que se estrenó el fin de semana.
No es una película, sino dos, hasta tres. Cine dentro del cine, dentro del cine. Estamos nosotros, los espectadores, viendo una película hecha por Almodóvar director de cine, que habla en flashbacks de la historia de un guionista otrora director de cine que escribe guiones y rueda una película. Y mientras la película sobre la película rueda, alguien dentro de ella rueda otra más, que documenta los entretelones de los doble-protagonistas. Se me vino a la memoria una especie de fotografía de tres planos que nos obliga a tratar de enfocar y descubrir lo que, borroso, está en el segundo y en el tercer plano.
Para rematar, la película que se filma dentro de la película es un “remake” o un “autoremake” nada menos que de Mujeres al borde de un ataque de nervios, con otros nombres, otras caras, algunos cambios, pero reconocible.
Es decir, Almodóvar filma a Almodóvar, y hasta contamos con un “cameo” de Rosy de Palma, protagonista de la primera Mujeres, asumiendo el papel de la esposa en la nueva Mujeres. Solo me faltó ver a Carmen Maura en una esquina cualquiera, haciendo un guiño vestida de monja.
Tal guisado -como el famoso gazpacho de Mujeres- se nos sirve frío: está la estética almodovarina, sus musas, sus toques de humor negro (más bien gris), pero algo falta. El “ánima” que vivía en aquel loco director manchego capaz de atrocidades parece haberse reducido, diluido, talvez (lo dicen otros) debido a la mezcla de sus fuertes colores en el barniz del Oscar, al que posiblemente una vez más vaya esta cinta, Pedrito y Penélope Cruz.
De allí me vino una idea de título alternativo para esto que escribo: De cómo el Oscar corroe hasta a los genios transgresores.
No puedo evitar hacer un paralelo con Woody Allen, no solo porque siempre ha habido un referente suyo en Almodóvar, sino porque la Vicky, Cristina, Barcelona de Allen me produjo el mismo sinsabor. El gustillo amargón de alguien que fue genial y ahora parece vivir de las rentas de su antigua genialidad.
Elaborada es la trama y aunque los diálogos están plagados de frases citables, la recitación de los actores suena a veces demasiado ensayada, como si la naturalidad del ácido almodovariano se hubiera, también, diluido.

¿El reparto? Dispar. Si tengo que darle mis aplausos a alguien es a Blanca Portillo (Judit), que atraviesa la cinta poniendo sinceridad en su conflicto amatorio, de mujer y de madre; y curiosamente a tres papeles pequeños: la citada de Palma, en los zapatos de la esposa salida del sanatorio, Angela Molina como la madre de Lena, y sobre todo Carmen Machi (Chon), la “consejala antropófaga” de la secuencia final, auténtica y total chica almodóvar de las de antes.
El resto me queda debiendo, con una Penélope Cruz que no alcanza la intensidad de Volver, Tamar Novas (Diego) que no logra convencer como el hijo, Rubén Ochandiano como un muy estereotipado hijo gay despechado, y sobre todo Lluís Homar (Mateo/Harry), frío como palo.
Aparte, es larga y en algún momento uno añora que termine (mala cosa, si sucede como a la mitad), pero se queda a la espera de la genialidad de Pedrito.
Acá entre nosotros, la crítica internacional ha hablado de tedio, de excesiva longitud, de desilusión frente a la nueva creación almodovariana. He leído que en Estados Unidos la han elogiado, a pesar de que El País, de Madrid, dijera sobre la cinta que “los sentimientos pretenden estar en carne viva, pero es como si ves llover. Y lo que observas y lo que oyes te suena a satisfecho onanismo mental. Y no te crees nada, aunque el envoltorio del vacío intente ser solemne y de diseño.”
Por supuesto, el propio periódico madrileño parece dar la clave para el aparente éxito estadounidense, refiriéndose a Almodóvar: “su cine jamás ha conocido el fracaso comercial”, y como en EU esa es una virtud a nivel de santidad, pues nada: les gusta.
Me acuerdo de repente de una anécdota sobre la rivalidad de María Callas con Renata Tebaldi. Hablando de ambas, la primera había dicho que era como comparar champán con Coca Cola; y uno de sus biógrafos, comentando el éxito de Tebaldi en Estados Unidos, frente a Callas, dijo que se debía posiblemente a que allí prefieren Coca Cola.
Para mí, de Los Abrazos Rotos queda un sabor agridulce, el sabor del sí y del no. Como haber ido por champán y que me sirvieran Coca Cola.




Y bueno, no recibió ninguna candidatura al Oscar 2010, después de todo.
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