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Babes y hunks, al asalto de la ópera

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En sentido del reloj: Laurent Alvaro, Quirijn de Lang, Franco Pomponi, Vittorio Grigolo, Natan Gun y Daniel Okulitch. Carne y voces.

Una maligna frase decía que una función de ópera termina “hasta que la gorda cante”. Lo de gorda era talvez exagerado, pero no gratuito: tradicionalmente hablando, los cantantes de ópera han sido personas voluminosas, y no solamente en lo que a voces se refiere.
La imagen tradicional del y la cantante de ópera nos recuerda a personas obesas, con grandes cajas toráxicas, enfundados en enormes vestimentas, consumiendo kilómetros de tela. Si pienso en nombres para ilustrarlo, no puedo evitar que me vengan a la mente Montserrat Caballé y el recordado Luciano Pavarotti: cantantes rotundos, en todo sentido.
En la ópera, claro, siempre existieron menuditos y menuditas por allí, pero la tendencia dominante apuntaba a lo voluminoso. Por supuesto, existían razones para ello: cantar ópera requiere contar con un suplemento notable de aire, que expande la caja toráxica, y el estilo de vida y la necesidad de cuidar el instrumento vocal hacía a los cantantes poco propensos al ejercicio físico.
Eso, sin embargo, parece estarse acabando, al menos de lo que podría deducirse al ver la más reciente tendencia entre los cantantes y los teatros de ópera: lo “fit” se está poniendo de moda. Ya no solo se requiere oírse bien, sino verse bien.
Es probable que la primera que anticipara esa tendencia actual de los cantantes de ópera por lucir esbeltos fuera la soprano María Callas quien, en un giro sorpresivo a su imagen a mediados de la década de 1950, pasó de ser la tradicional robusta cantante a una diva curvilínea y elegante. Tengo a la Callas, no solo gran cantante sino estupenda actriz, como una de las primeras en entender claramente hacia dónde iba la tendencia escénica, en un tiempo cada vez más y más influido por el cine.
Mujeres bellas y fotogénicas. Hombres apuestos y con sex appeal. Esa parece estar siendo la regla que se impone más y más entre los protagonistas de la lírica.

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Ellos: Erwin Schrott, Alexander Tsymbalyuk, Mariusz Kwiecien, Joshua Bloom, Hanno Müller-Brachmann.

El término “barihunk” (del inglés baritone y hunk -dígase, un hombre grande, fuerte y sexualmente atractivo-) se ha vuelto moneda de uso común, y se le aplica a cantantes como Erwin Schrott (uruguayo, y marido de Anna Netrebko), Hanno Müller-Brachman, Hildebrando D’Arcangelo, Daniel Okulitch, Franco Pomponi, entre otros.
Los tenores no se quedan atrás. Recuerdo el tiempo en que Peter Hofmann impresionó con sus papeles wagnerianos cargados de sexualidad, valiéndose de su atractivo físico, y el mismo efecto que los mencionados antes producen nombres como Jonas Kaufmann, Juan Diego Florez, Vittorio Grigolo, James Valanti o Maxim Mironov. Veamos un caso de éxito actual, el francés Philippe Jaroussky, cuya impresionante voz de contratenor es tan llamativa como su aspecto de muchacho encantador y sofisticado: cualquiera podría enamorarse de una sonrisa suya.

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De Lang y su Escamillo (Carmen): sexo y arena.

Del lado de las mujeres (las “babes”, equiparable al hunk en inglés), el sex appeal es igualmente importante, y ya han marchado por esa senda cantantes como las sopranos Kiri Te Kanawa, Reneé Fleming o Angela Gheorghiu, pero quienes mejor creo que lo representan en estos momentos son la rusa Netrebko, voz privilegiada agradable al oído pero también a la vista, y la rumana Elina Garanca, endiabladamente bella mezzo a punto de debutar en el Metropolitan Opera de Nueva York en el papel de la seductora por excelencia, la gitana Carmen.
Y no solo ellas. Cecilia Bartoli, Diana Damrau -arrebatadora en escena- Vivica Geneaux, Anna Caterina Antonacci, Magdalena Kozená o Marina Domashenko tienen tantos atributos para desfilar en pasarela como para dejarse oír en las tablas.

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Ellas: Angela Gheorghiu, Magdalena Kozená, Marina Domashenko,  Anna Caterina Antonacci.

¿De dónde ha salido esta tendencia? Todavía sin respuesta definitiva, me atrevo a algunas conjeturas.
La que mencionaba antes: los nuevos medios de comunicación masiva (desde el cine en adelante, pasando por la televisión e Internet) a lo mejor han permeado en los teatros de ópera, exigiendo la puesta en escena de montajes más atractivos -en todo sentido- para un público con mayor inclinación a una estética mediatizada.
La industria, sin duda, sobre todo la discográfica y su nueva faceta, la videográfica. El fenómeno del marketing de masas es posiblemente también otro factor que influya para hacer más atractiva a la vista -no solo al oído- la venta de discos y videos de ópera. Aunque le repugne a una conocida en Venezuela -que asegura que la ópera debe venderse por cómo suena y no por cómo se ve-, la decisión de una disquera como Naïve de sacar al mercado una impresionante edición de óperas de Vivaldi con portadas completamente fuera de lo común (en términos tradicionales) usando las imágenes de hombres y mujeres atractivos física y hasta sexualmente es un signo de los tiempos que no hay que ignorar.

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Naïve y las portadas de su serie sobre Vivaldi.

La imagen, masiva, se está imponiendo. El DVD ha llevado la comercialización de la ópera a niveles no vistos antes: hoy es cosa corriente entrar a una disquera y encontrar, hombro a hombro, las portadas de Harry Potter y Lakmé, el Crepúsculo con Robert Pattinson y el Ocaso de los Dioses de Richard Wagner.
Conversando sobre el tema con un amigo, me señalaba algo que es también cierto: en términos generales, las personas se preocupan ahora más por su aspecto y por su salud -sobre todo esto último- que lo que se hacía en un pasado reciente. La tendencia presente por lo saludable, lo natural, podría estar teniendo repercusión en la ópera: las nuevas generaciones de cantantes son como el resto de todos nosotros en lo que a cuidarse se refiere.
Otro punto destacable es la llegada a escena de montajes cada vez más cargados de contenido erótico o sexual, de teatros de ópera cada vez menos conservadores (en Europa, especialmente), y que evidentemente requieren de cuerpos estéticamente adecuados a esos requerimientos. Salomé siempre necesitó de sopranos que se atrevieran a dejar caer los siete velos, pero hasta hace poco no todas podían darse el lujo de Teresa Stratas o Catherine Malfitano. La gorda cantaba, pero no era buena para quedarse en cueros.

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Erwin Schrott, un Don Giovanni para nuestro tiempo.

Hoy vemos cada vez más Don Giovanni cargados de erotismo, en los que cantantes como Schrott o Mariusz Kwiecien caen como anillo al dedo, y el montaje de Eugene Oneguin dirigido por Daniel Barenboim para el Festival de Salzburgo de 2007 puso en manos de Peter Mattei y Anna Samuil un final casi perversamente erótico.
Así las cosas, todo parece indicar que la ópera necesitará -más y más- de la carne tanto como de la voz. Será cuestión, en adelante, de también pelar el ojo.

Anna Samuil y Peter Mattei: escena final de Eugene Oneguin (Chaikovski). Festival de Salzburgo 2007, Daniel Barenboim (director)

Zachary Stains. Ercole sul Termodante (Vivaldi). Festival de Spoleto 2006.

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